EL SÍNDROME DEL MARTILLO.

El otro día participé en mi primera apertura o mi primera primera si prefieren ustedes la redundancia. La verdad es que nunca había hecho algo semejante y si me he animado a hacerlo ha sido porque venía mi amigo del alma -Lucas treintapelos- y porque la apertura de la vía la lideraban dos hermanos de la vieja escuela, dos de esos tipos que se meten en un espolón virgen a casi tresmil metros de altura y casi siempre consiguen abrir una vía y no se abren sus cabezas ni las de sus acompañantes. Mi lesión lumbar había remitido el fin de semana anterior después de una sesión matinal de escalada deportiva en la que fui retomando el tacto de la piedra. No obstante, yo siempre tengo algún que otro dolorcillo en mi maltrecho cuerpo y esta vez se trataba de cras-cras que sonaba en esos mecanismos internos que tienen los tobillos y que acostumbran a renquear cuando más los necesito.  

El fin de semana que nos decidimos a afrontar la apertura me hubiese venido de perlas haber tenido mis tobillos en perfecto estado, más que nada, para torturarme con la incertidumbre de si me iban a aguantar o no. Tantos desvelos fueron en vano pues mis pies superaron los mil trescientos metros de desnivel que separaban la carretera de Torla de la base del espolón del Pico de la Ripera con decorosa dignidad.  

La escalada tuvo menos dificultad de la prevista; creíamos que nos podíamos encontrar con unos doscientos metros de cuarto grado con algún paso de quinto y al final fueron menos metros y sólo en el primer largo encontramos algo de resistencia de la montaña que se saldó con un IV o incluso un IV inf. El resto fue una cresta de III hasta completar la cima.

Cuando al regreso a casa le relataba a mi mujer la paliza del día (acabamos subiendo también a Tendeñera y fueron once horas de actividad con 1900 mts. de desnivel), cuando le explicaba que no utilizamos la pista para quitarnos dos horas de caminata si no que hicimos caso a las sugerencias de uno de los hermanos que odia los coches y ama las caminatas, cuando le expresé mi alegría por haberme encontrado en una forma física mejor de la que me temía, mi mujer miraba con sus ojos de caramelo de leche incontaminado y hacía el típico gesto de quien no entiende nada. Yo seguía con mis disquisiciones:

 -         Si he podido hacer esto es porque he sido antes cocinero que fraile, porque he hecho mucha montaña de joven y he pisado mucha hierba antes de haberme puesto un arnés por primera vez en mi vida, bla, bla, bla… Por que es muy importante llegar a la cima pero hay otras cosas que se disfrutan mucho; el bosque, el compañero de cuerda, quitarse las botas cuando acabas ¡Aggghhh! eso, eso. Eso es de lo mejor. Por no decir LO MEJOR…quitarse las botas ¡Umh! ¡Qué placer! Es que me pongo casi cachondón de pensarlo…

-         Tú tenel el sindlome del martillo.- dijo ella (Ya sabéis que mi mujer es china y de Tai-Juen para más señas)

-         Cuando tú lleval a mí al Pirineo pol plimela vez, yo tuve glan sufrimiento, tú decil que pronto llegar y que glannn placer pero yo pensar que ser como si te golpeas la cabeza con glan martillo y cuando dejas de hacerlo, glan placer ¡Tú gustal golpear tu cabeza con glann martillo! -Insistió.

-         Puede que tengas razón.- le contesté.

Sin comentarios »

RSS feed para los comentarios de esta entrada. TrackBack URI

Dejar un comentario

XHTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>